Energía y vida

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Nuestro futuro sólo se llenará con electrodomésticos.

Es lo único por lo que vamos a acabar luchando, si no lo estamos haciendo ya. La comodidad, el único mayordomo que muchos se podrán pagar, es la lucha de clases de esta era post-global.

Cuanto más cómodos, más esclavos

En Japón, la última revolución es que al entrar en el cuarto de baño, el váter te saluda y se somete: levanta la tapa por sí solo y te acoge calentito para que al sentarte no sientas el frío del desconsuelo.

Al acabar de soltar toda la rabia contra el mundo, la taza, con sólo pulsar un botón, te echa jabón y te enjuaga con un chorro de agua, por supuesto, templado y preciso. El invento no está en los laboratorios, sino que ya es algo tan habitual como el tatami, como la bañera que se detiene cuando ella misma juzga que ha alcanzado el nivel exigido por la sequía de turno y te mantiene el agua tan caliente como nuestros deseos sin que nunca llegue a congelarse.

No sin antes haberte avisado de que el señor ya tiene el baño preparado.

La lavadora, ni pita, ni enciende ninguna luz roja, cuando la colada ya está limpia y seca te lo anuncia con la misma mala leche que tu pareja usaría para que te tires el rollo con el tendedero cuando ya no recuerdas ni dónde estaba.

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En Japón habita el futuro, o eso parece. Los pisos son atrujillados – o sea, zen y de treinta metros cuadrados- y las huestes están educadas para el más alto don de la ciega obediencia. Ése ha sido el trato: servilismo a cambio de dinero, dinero a cambio de comodidad, comodidad a cambio de servilismo. No hay posibilidad de salirse del circulo, sólo con la marginalidad o el suicidio. Ahí es hacia donde vamos.

El bien más preciado es un futón en el que arrumbarnos sin desasosiego, bien cómodos y bien desconectados del prójimo. Por eso, el futuro, que no es más que el presente de las esquinas del capitalismo, también prevé que vamos a necesitar un poco de conversación y que la nueva Internacional Socialista será una cuestión particular, privada e individual: cada uno consigo mismo.

Quizá ésa sea la razón de que en Japón te hable el semáforo, el teléfono, el ascensor y todo cachivache con un poco de sentido y uso común, pero la gente se rehúye, no admite dar un paso más allá de su propio mundo y no quiere más intimidad que la de un culo con su váter: sólo cuando sea imperativo y necesario.

Por comodidad.

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